La siguiente entrevista a Sur Oculto fue escrita como apoyo de una memorable producción fotográfica, a cargo de José Hernández y Sebastián Salguero, para Espectáculos de La Voz del Interior. Salió en junio de 2008.

El encuentro tiene lugar en una sala de ensayo de la Recta Martinoli. Es la tarde de un viernes en el que un viento discontinuo, aunque feroz, pone a planear algunos folletos y mueve las copas de los árboles, haciéndolas formar figuras torcidas por unos segundos. Puertas adentro, los integrantes de Sur Oculto proponen un ensayo breve y categórico.

De a ratos suenan con una furia incontenible, como si fueran la banda sonora del fin del mundo, para que luego el teclado desprenda una armonía apacible, que el bajo y la batería acompañarán con igual ductilidad. Después sucede lo mismo, pero en dirección contraria: al pasaje suave se le une otro violento, sin un preludio que opere como advertencia. Todo en la misma canción.

“Los temas salen mayormente de la improvisación, uno se pone a zapar y el resto se acopla. Musicalmente no hay un líder. Quizás alguno tiene una idea preconcebida, y en base a eso se comienza a trabajar”, explica el trío, conformado por Sebastián Teves (30) en el bajo, Fabricio Morás (29) en los teclados y Pablo González (21) en la batería. “Pero hay una búsqueda, no tocamos cualquier cosa que sale”, advierten y terminan de explicar su forma de componer en términos gráficos: “Cuando vemos espacios vacíos, los llenamos con bloques de música. Lo nuestro es como una conversación”.

Eso último se advierte al verlos ensayar, parecen entablar un diálogo utilizando los instrumentos como vía de comunicación. Aunque se revelan virtuosos al momento de interpretar sus composiciones, ninguno de los tres cuenta con una formación académica, no al menos en el sentido estricto. “Yo estudié en La Colmena, pero he sido un desastre como alumno”, se sincera Sebastián. “Lo de la formación autodidacta no implica que no sepamos leer música, sino que hemos investigado por nuestra cuenta”, aporta Fabricio.

Clasificar en estándares musicales lo que hace Sur Oculto es una tarea que excede al oyente promedio, y que incluso puede poner en aprietos a un entendido en la materia. Lo de ellos es una fusión que recorre varios géneros sin vincularse por completo a uno en particular. A la hora de describir su trabajo, lejos de mostrar un ánimo reduccionista, ellos lo definen como rock instrumental. “Tenemos algo de jazz, algo de heavy, pero todo se basa en el rock”, explican. “Puede ser fusión en el buen sentido de la palabra, porque es una mezcla”.

Esa mixtura de sonidos los hizo tocar en los más variados escenarios, desde festivales de jazz hasta presentaciones junto a bandas metaleras. Cada uno de ellos tiene proyectos musicales paralelos y dicen llevarse muy bien con otras bandas del circuito local, como los hip hoperos de Locotes. Con eso dejan en evidencia que no les gusta encasillarse ni tampoco les interesa una audiencia especializada. Nada de público selecto.

Un ente aparte
Sur Oculto lleva 10 años de vida. Comenzó allá por finales de los 90 con un estilo diferente, y en aquel entonces ninguno de sus miembros imaginaba que mutaría en lo que es hoy. La presente formación tiene dos años, cuando su actual baterista reemplazó a Pablo Dalmasso.

Adscribiendo a eso de que el todo es más que las suma de sus partes, Teves declara que “Sur Oculto es un ente aparte” y que ellos tienen la suerte de poder captarlo. Esta idea de un Patricio Rey con tonada cordobesa se confirma en las palabras de Pablo González, cuando recuerda la primera vez que se presentó con la banda: “Sentí que hacía años que tocaba con ellos. Percibía que era algo que ya estaba, ese ente que menciona Seba, una entidad que te transporta por climas y sensaciones, una experiencia increíble”.

El último disco del trío, Estados, data del 2006. Lo presentaron en 990, el local del Abasto, ante cerca de 500 personas, una convocatoria más que aceptable cuando se trata de artistas cordobeses. Sebastián no se anda con eufemismos y precisa que aquella noche el bar “se puso hasta el orto”. “Y eso que somos de terror para la autogestión, para promocionar las fechas mandamos mails con dos días de anticipación”, reconoce. No les queda más alternativa que justificar el buen momento de la banda apuntando que los comentarios de boca en boca funcionan bien. Aun así, pese a este supuesto éxito, exponen la crítica que realiza buena parte de los músicos locales: en Córdoba no hay gente que apueste, se necesitan productores, falta difusión, falta más apoyo del público.

“Hay gente que te llora una entrada a dos mangos, y después es la misma que paga gustosa 50 pesos para ver a un grupo de Buenos Aires. A vos te tiene que ir bien afuera para que te reconozcan”, señalan los Sur Oculto. El comentario deriva hacia una pregunta remanida –aunque nunca desactualizada del todo– que hace que la charla, por primera vez en la tarde, se vuelva un poco amarga.

–¿Se puede vivir de la música en Córdoba?
–Se puede, pero no vivís de tocar en vivo. Vivís de dar clases –opina Fabián.
–¡Es imposible! –reclama Sebastián, parodiando a un personaje de Peter Capusotto y sus videos. La conversación vuelve a ser distendida.

–Una banda como la nuestra necesita de un circuito de lugares para poder vivir de esto –retoma el tecladista–. Nosotros hacemos música porque no tenemos otra opción, no sabemos hacer otra cosa. Es un destino. Quizá cuando uno es más joven tiene anhelos de fama…
–¡¡Miniiiitas!! –aporta nuevamente el émulo de Capusotto.
–…Pero uno crece y se da cuenta de que realmente lo hace por la música. Quizá suene idealista, pero no hay otra razón: lo hacemos por la música.

Afuera anochece y el viento continúa con su violencia inestable. Son ráfagas de aire que duran un momento y luego se calman. Parecen venir del sur.

Publicado originalmente en La Voz del Interior

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Verdades subjetivas

agosto 25, 2008

Una entrevista con Maximiliano Tomas, editor del suplemento Cultura de Perfil, a propósito de la edición de La Argentina crónica (2007), una antología que rescata algunos textos imprescindibles de un género periodístico híbrido entre la ficción y la realidad.

En la mesa de un bar situado frente a los Tribunales, un alto funcionario del gobierno le comenta a un periodista acerca de los circuitos informales de la política, donde se tejen alianzas en el poder y, a la vez, el futuro de los argentinos.

En otra esquina del conurbano bonaerense, un skinhead que quiere moler a palos a otro skinhead. La bronca no pasará a mayores: uno de ellos va a escapar y sólo habrá lugar para los insultos. En la escena hay un tercero que observa con atención y que más tarde explicará lo sucedido: ambos eran chicos skinheads, sí, pero de distinta clase. Uno, el que se escapó, era un neonazi, un blanquito que odia a los homosexuales. El otro, el pibe aguerrido, un skinhead que lucha contra el prejuicio racial y los nuevos fascistas.

Una mujer le cuenta a otra, en medio de un estudio de televisión, sus anhelos de plumas y purpurina. Cuenta y se ríe todo el tiempo. Es su trabajo. Su labor en ese plató es reír, soltar carcajadas: un hombre detrás de la cámara le indica cuándo debe hacerlo. Uno de los actores del programa que se está grabando pronuncia un chiste y ahí ella, junto a otro grupo de personas, entra en acción: Jajajá bien fuerte. Corte.

Las anteriores son apenas un puñado de escenas que confluyen en La Argentina crónica, una antología de artículos periodísticos publicados en diversos medios gráficos entre 1997 y el presente. Fueron escritos por exponentes de la crónica argentina de la actualidad y posteriormente recopilados en libro por Maximiliano Tomas, editor del suplemento cultura de Perfil. Entre otros nombres, se encuentran el de Cristian Alarcón, Leila Guerriero, Josefina Licitra y Alejandro Seselovsky. “Se realizó una convocatoria a nivel nacional, a cada redacción del país –explica Tomas–, y de todos los trabajos recibidos quedaron seleccionados los 14 textos que conforman el libro”.

–¿Cuál fue el motivo principal que te impulsó a llevar adelante esta antología?
–En enero de 2006 tuve la oportunidad de cursar un taller de Crónica de la Fundación para un Nuevo Periodismo Latinoamericano (FNPI) dictado por Alma Guillermoprieto. Cuando regreso al país con esta experiencia, me doy cuenta de que no había bibliografía verdaderamente seria y actual sobre el género en la Argentina. Ya venía trabajando sobre la crónica desde mi cátedra en TEA, y me encontraba con cierta dificultad para elaborar la bibliografía. Frente a esa ausencia, a la que se suman largas conversaciones entre colegas acerca de un supuesto auge de la crónica en Latinoamérica, resolví realizar el libro. Primero, para presentar en sociedad a estos nuevos escritores y segundo, para establecer ciertas definiciones del género que sirva a las universidades de Comunicación.

–Digamos que es una intención de dejar constancia del momento que atraviesa la crónica como género periodístico.
–Claro. A esto se le suma un prólogo de Martín Caparrós, una suerte de maestro para esta nueva generación de cronistas, además de una introducción indicando qué significa el género hoy por hoy. Y finalmente, un cuestionario fijo a cada uno de los periodistas que conforman el trabajo, cuestionario que todos contestaron desde su más radical subjetividad. Posiblemente sea el libro donde se encuentran las más variadas definiciones de crónica.

Las notas que conforman La Argentina crónica abordan temas diversos, desde la venta de tierras a manos extranjeras hasta el caso de Romina Tejerina, pero comparten una característica: la mirada del periodista, su inclusión en la historia. Ese particular estilo de narrar los hechos se emparienta con el terreno de la ficción. “Es tiempo de entender al periodismo como una de las Bellas Artes”, dice Tomas.

–¿Qué le aporta a una historia esa forma de narración tan cercana a la literatura?
–Partamos de la base de que la objetividad no existe. Debemos hablar de periodismo subjetivo y la realidad pasada por el tamiz de la subjetividad del narrador para construir un relato. En estos casos, se utilizan las herramientas de la ficción literaria para construir un artículo periodístico: es tan importante la historia a contar como la manera de narrarla. Pero el horizonte de esa construcción debe ser necesariamente la verdad. Va a ser una verdad subjetiva, la crónica puede forzar los procedimientos, pero debe ser lo más fiel posible a esa verdad. La verdad varía de acuerdo al lugar y el compromiso que asume el narrador de dar testimonio fiel de los hechos ocurridos, como decía Rodolfo Walsh. Al lector le aporta una visión más completa y compleja de la realidad.

–¿Por qué hay tan poco espacio dedicado a la crónica en los medios?
–La ausencia responde a varias cuestiones. Son artículos extensos, cuya preeminencia, por definición, está puesta en el texto y no en la imagen. Llevan mucho tiempo de elaboración, tanto en el trabajo de campo como en el narrativo. Por consiguiente, son caros de producir. Para algún editor poco arriesgado, estos son escollos suficientes.

–Caparrós sostiene que los editores apuntan a un nuevo lector, el que no lee. ¿Coincidís con esa idea?
–Yo no la pondría como una razón que nace de los cronistas ni del propio género. Es una subestimación del lector por parte de los medios. Es entendible que en el cuerpo principal de un periódico masivo, de lunes a viernes, no haya un relato que ocupe seis o siete páginas. Ahora, me pregunto porqué no hay más lugar en suplementos o revistas de los domingos, que son espacios mucho más adecuados. Hacen competir al periodismo gráfico con la televisión, cuando debiera nutrirse a sí mismo y competir con el propio periodismo gráfico: establecer cada vez mejores textos, con mayor análisis, mayor reflexión y mayor interés narrativo. Si se compite con la televisión desde el campo de la gráfica, se redunda en productos en los que hay un 90 por ciento de imagen y un 10 por ciento de texto. No hay razones objetivas, más que por mera construcción imaginaria, de que no haya un lector interesado en el periodismo narrativo. Los libros y revistas que abordan el género funcionan y muy bien.

El futuro llegó
Con el vertiginoso avance que viene sufriendo el periodismo, principalmente en el terreno digital, se vislumbran ciertas innovaciones en la rutina periodística. Internet se consolida a pasos agigantados como la opción más inmediata a la hora de informarse. Y en un futuro tal vez demasiado cercano, opina el periodista, habrá profundos cambios en la producción noticiosa: “En algún momento va a cambiar, el periodismo gráfico va a tender a la elaboración de textos más profundos porque la propia producción periodística está cambiando. Con los sitios de Internet, la gente ve las noticias horas antes. Todo pareciera indicar que los diarios y las revistas van a tener que transformarse en otra cosa -sostiene Tomas-. No van poder ofrecer lo mismo que la televisión o que Internet. Va a tener que suceder una transformación en la metodología periodística cotidiana. Hacia dónde va a ir, no lo sé. Pero una de las mejores opciones es la crónica”.

Publicado originalmente en La Voz del Interior

Usa la fuerza, Luke

agosto 22, 2008

En noviembre del 2007, Toto afrontó una gira por Latinoamérica que incluía un recital en Córdoba. Apenas terminado el show, salí corriendo del Orfeo a escribir la crónica, publicada un rato después en LAVOZ.com.ar.

A metros del puente, cuando el cielo amenazaba con tormenta y algunos esperaban a sus camaradas para ingresar al domo, unos vendedores ofrecían a módico precio el grandes éxitos de Toto en disco y DVD. No fueron pocos los que tomaron el producto y lo giraron para ver la lista de temas. Es que buena parte del público que asistió anoche al Orfeo dejó en claro que conocía sólo un costado de la historia del grupo, el más exitoso, por lo que se percibía cierta incertidumbre al desconocer la otra parte de estos señores, la más actual.

Eran las 21.40 cuando Toto dio inicio a su show, frente a buena afluencia de gente. Con un sonido potente pero claro, la voz del guitarrista Steve Lukather fue la primera que salió de los parlantes y la que despejó algunas de las dudas de esa muchedumbre. Hubo una puesta algo austera en lo visual, pero empardada por el carisma y la habilidad de los seis músicos en escena: el bajista Lee Sklar (con un aspecto muy a lo ZZ Top), Simon Phillips (batería), el moreno Greg Phillinganes (tecladista), Tony Spiner (segunda guitarra), el vocalista Bobby Kimball y el citado Lukather.

La primera demostración eufórica del público llegó con el tercer tema, Pamela, que hasta ese momento se había mostrado atento pero un poco apagado. Ya con Kimball en escena –de pose rockera pero con más pinta de tío buena onda–, Toto fue desgranando un espectáculo poderoso y detallista, con sus hits estratégicamente colocados en el repertorio, a la manera de pequeños goces para la gran masa.

De esa manera sonaron Falling in between o Don’t chain my heart, pero también esos clásicos que perduran en la memoria de las FM: Rossana (con intro blusera), Hold the line y Africa, canción con la que finalizaron un show de casi dos horas.

Pero así como hubo una porción de sedientos por los éxitos de antaño, otra parte de los que se llegaron anoche lo hicieron por una cuestión, si se quiere, más académica. La causa hay que buscarla en los integrantes del grupo, todos de gran habilidad con su instrumento. Toto está formado por varios músicos sesionistas, quienes se dan el gran gusto con su banda de rock: por caso, Simon Phillips o Greg Phillinganes, quienes han tocado con varios pesos pesados de la música popular.

Pero el ejemplo más cabal lo representa Lukather, el verdadero frontman del grupo, por su lugar en el escenario, su arenga y su pericia con las seis cuerdas. El guitarrista tiene en claro que muchos van a verlo a él, por eso se arrima al borde del escenario cuando solea, creando entre la multitud una ola de pantallitas celestes que intentan captar algo de la magia del ídolo. Por eso Kimball lo abraza cuando canta y en ese gesto reside buena parte de la historia de Toto.

Fue el mismo Lukather quien, ya promediando el final del show, agitó el avispero e instauró el momento más intenso del recital. Con toda la gente sentada en sus lugares, el violero invitó a arrimarse al escenario, lo que generó un breve revuelo y rompió la prolijidad de las tribunas. Luego justificó la actitud: “¡Esto es un recital de rock!”, dijo. Para muchos fue la frase más coherente de la noche.

Publicado originalmente en LAVOZ.com.ar

La corrección política

agosto 22, 2008

Una entrevista a Ciro Pertusi de Attaque 77, a propósito de la edición del disco Karmagedon. Salió en algún momento del 2007.

-Karmagedon tiene un trasfondo pesimista. ¿La razón hay que buscarla en las páginas de los diarios o responde a otras urgencias del grupo?
-Nosotros tenemos otra mirada del asunto. En el diario todo es más crudo y por lógica son como más concretos o abstractos, apuntados meramente a los hechos, lo que es comprensible ya que están informando sobre los hechos. En Attaque generalmente vas a encontrar una reflexión que implica una vuelta de tuerca un poco más allá de la cruda realidad. Lo que se pone en tela de juicio en nuestras letras, más que nada en nuestros últimos discos, y más en Karmagedon, es el comportamiento humano, los acontecimientos, las decisiones que tomamos como raza y las consecuencias a corto o largo plazo. Desde consecuencias más inmediatas que vemos a diario, accidentes de tránsito, delincuencia, convivencia diaria, política, votos, gobiernos, mandatos… hasta la ecología, que son cosas más a largo plazo, como lo que estamos experimentando con lugares como Perú o México. Es más reflexivo sobre las cosas que tenemos como seres humanos.

-“Buenos Aires en llamas” parece una crítica no sólo a la clase dirigente, sino también a la sociedad.
-Sí, al acostumbrarse a ir oscilando entre dos puntas, como lo habrán sido radicales y peronistas. Ir dando vueltas alrededor, rebotando de un lado a otro, entre oficialismo o la propuesta que quiere dar la contra. Pero a veces quieren dar la contra con nada, con cero propuestas, por una mera ambición de poder. No hay propuesta. Y la gente tampoco toma alternativas. Nadie se ha volcado nunca al Partido Socialista o al Partido Obrero. Yo no quiero fomentar una tendencia, pero la gente es muy temerosa, somos hijos del rigor en muchos aspectos. Nos convence el que más nos asusta. No se toman riesgos.

-¿Tienen postura tomada respecto al calentamiento global? ¿Sirven festivales como el Live Earth?
-Con los festivales se logra una toma de consciencia. Te ponés a mirar un festival grande y notás que entre tema y tema te van hablando, te bajan línea, te van informando, eso está bueno. Entonces podés sembrar un virus de consciencia entre alguna gente que el día de mañana se pueden convertir en luchadores o gente que se interese en tomar partido para mover algo. Pero más que nada, muchos consumidores de esos festivales se deslumbran por las estrellas. Preguntan quién toca y nada más. Está la minita que grita por el tipo que está ahí arriba. La gente está interesada en otra cosa. Hoy en día, más allá que deba haber una consciencia colectiva, sin duda que la decisión final la tienen los instruidos en el caso.

-¿A qué se deben los aires de cuarteto que tiene “Cartonero”? ¿Va de la mano de la temática que trata la canción?
-Nos gusta el ritmo del cuarteto por esa cosa de pueblo que tiene. Por esa cuestión de que el cuarteto, dentro de lo que es la música para bailar, es el que más se ha vinculado con los temas sociales. Inclusive el amor encarado por la música de cuarteto siempre tiene un tono más social. Nos gustaba por ese lado. La relación es de algún modo muy simbólico: el cartonero es un tipo que lleva una vida muy dura, pero tiene una esperanza de hierro. Y la música es esa especie de esperanza en piloto automático que tiene el tipo, que sale todos los días contento de salir a laburar, más allá que tiene todas las de perder. Quedó bastante bien reflejado ese espíritu.

-¿Les interesaría grabar un tema con la Mona?
-No los descartamos para nada. El tipo ha hecho canciones tan buenas que son referencias locales. Si sale la posibilidad, más bien. Además, me parece que da un aporte. Hay músicos que no aportan, es música que se escucha y ya. La Mona mueve un pueblo, alegra la gente. Todas las movidas que hacía con los taxis como fuente de trabajo, las casas… Me parece un tipo bastante piola. Recibe mucho y mucho de lo que recibe, lo da.

-¿“Fiebre de sábado” es la respuesta de Attaque a la cultura nocturna?
-Es una visión personal. Hoy en día, salir a un boliche implica transar con un montón de cosas. Es terreno de nadie, hay mucha falta de respeto, mucha violación del espacio ajeno. La canción habla de la decisión de uno de meterse o no meterse. Muy lindo todo esto, pero para mí no es diversión. Muchas veces parece que no se puede estar sin intoxicarse. El tema se plantea eso, ¿cuál es la diversión? ¿Qué significa salir a divertirse? Habla de un vacío que hay en los seres humanos, que elegimos el camino del caos. Tengo que salir, meterme esto, chupar y darme vuelta como una media, va por ese lado.

-Algunos podrían decir que contradice la imagen que se tiene del rockstar, por eso de vivir en los excesos.
-Puede ser. Pero está bien que nos califiquen del lado opuesto, yo al menos me siento así. Respeto esas actitudes, pero no es lo que yo elijo. Lo que vos hagas en tu vida, es cuestión de cada quien. Pero de ahí a hacer apología, no es lo que yo compro. En este mundo está todo en venta, yo elijo no comprar. Si antes la postura del rockero rebelde era chupar, drogarse y estar dado vuelta todo el día, hoy es lo que hace todo el mundo. Lo hace el rockero, el empresario, el hijo del vecino y doña rosa. Todo el mundo se droga, todo el mundo se mete cosas, se descontrola. Hoy la postura, me parece, es tratar de salirse del rebaño. Creo que si uno quiere ser rebelde y contestatario, debe salirse del común de la gente.

Publicado originalmente en http://www.cordoba.net

No tan buena onda

agosto 22, 2008

Con una intervención urbana pocas veces vista en Córdoba, Brahma promocionó una fiesta en el edificio Empire Tech, que incluía diferentes performances en cada piso del lugar e invitados exclusivos, como modelos publicitarias, relacionistas públicos y algunos músicos. En medio de tanta farándula dentro de la esloganeada fiesta Buena Onda, pocos notaron que en un momento tocó Déborah del Corral. Esta es la breve reseña de su también breve recital.

En el primero de los pisos de Empire Tech, un grupo de invitados se toma una cervecita y charla con cualquiera que tenga al lado. Es la una de la mañana y por el costado de una barra surge la figura de Déborah del Corral: Converse, jean, musculosa y un collar de plata que duerme en su escote. En el lugar hay tanta ostentación de belleza que son apenas dos o tres los que se dan cuenta de su presencia y van a acompañarla con la vista hasta el minúsculo escenario.

Déborah –junto a su acústica y una Mac– está lista para entrar en acción. Vista de lejos parece Karen O de los Yeah, Yeah, Yeahs. Debe ser el flequillo. O quizá la onda retrorockera de sus canciones, con guitarra rítmica entrecortada y las melodías flotantes. Casi nadie le presta atención. “Gracias a los cuatro que me aplaudieron”, ironiza.

“Estaría bueno que hablen más bajo, porque ni yo me escucho”, pide después Déborah, con menos amabilidad. Suena paradójico, pero ¿esto no era una fiesta buena onda?

El show se termina y la gente sigue en la suya. Qué parecida a Karen O que es esta Déborah. Debe ser la actitud.

Publicado originalmente en la revista Decibeles

Tócala de nuevo, Josh

agosto 22, 2008

En junio de 2007, Josh Wink llegó a Córdoba para presentarse en un muy promocionado evento de música electrónica. Aunque las cosas no salieron como lo esperaban sus organizadores (un retraso en el vuelo hizo que la fecha debiera programarse para la noche siguiente a la que estaba anunciada, lo que tuvo como resultado una evidente merma de asistentes), Wink ofreció un set a todas luces impecable. Quedé fascinado con su sonido y su manejo de los climas frente a las mil personas que había en el lugar, menos de la mitad de las que se esperaban, otorgándole a esa noche un involuntario marco de culto que pocos de los que asistieron deben haber olvidado. Antes de su show, tuve la oportunidad de entrevistarlo y me resultó una persona atenta y graciosa, al punto de decir cosas como que él haría bailar incluso a Bush, una frase hilarante que llegó a ser tapa de la sección Espectáculos de La Voz del Interior. La que sigue es la crónica del show.

Raros estos tiempos en los que un SMS –bien pensado y bien enviado– funciona mejor que la palabra hablada. Tiempos en los que la luz de una pantalla pequeña reemplaza el fuego mínimo de un encendedor. Tiempos en los que el recuerdo de una noche queda almacenado en la memoria… de un teléfono celular. Así están las cosas: hay que adaptarse y no ponerse a llorar por lo que fue. Son los días que nos tocan bailar. A bailar entonces.

Apelar al recuerdo es un ejercicio para nostálgicos. Funciona, pero en su dosis justa. Si se realiza una evocación continua, el factor emoción pierde su condición de golpe bajo y a uno lo pueden acusar de vivir estancado en el pasado. Hay que saber jugar con esas cosas, como lo hizo Josh Wink el sábado por la noche, cuando puso a bailar a toda la gente que se llegó al festival Winter Sounds.

Pese al frío intenso de la noche, que incitaba a entrar al predio de inmediato, la buena organización en el ingreso hizo su aporte para que el público llegara de manera ordenada y sin inconvenientes. El Pabellón Amarillo de Feriar lucía impecable, adaptado a las circunstancias de la noche, decorado con elegancia y estilo moderno. Algunos de los que había por allí contemplaban todo con la oscuridad que dan los lentes de sol. Se podía ver una que otra vestimenta estrafalaria, latitas largas y delgadas, mujeres largas y delgadas. De a poco, la pista cobraba temperatura.

Eran las 2 pasadas y Wink caminaba entre la gente como una persona más. Luciendo una boina color camel, vagaba entre los cuerpos, observaba los rostros, giraba el cuello y analizaba el espacio en todo su esplendor. Captaba los estados de ánimo de los asistentes, despojado de toda actitud de estrella. Buen gesto.

Unos minutos más tarde, el norteamericano ya estaba ubicado por encima del resto. Subió a la cabina con naturalidad, acomodó sus discos y puso manos a la obra. Se lo veía feliz. El público, ni hablar. Los danzarines ya estaban a pleno, con una euforia contagiosa, y eso afecta el trabajo de un dee jay. Hubo retroalimentación desde los dos fragmentos, público/artista, artista/público.

Cuando la química entre ambas partes se perfilaba para el romance eterno, el pinchadiscos se atrevió a llevar la situación al límite. Con una parsimonia que no hacía sospechar nada, con una sonrisa pícara en la cara, Wink eligió el disco y elevó el estado de conciencia hasta el cielo. El bueno de Josh pinchó Higher State of Conciousness y la noche tomó otro rumbo: el del recuerdo, ése que hay que saber manejar para no quedar en off side con las nuevas generaciones. Y lo manejó muy bien.

Luego Wink le pasaría el volante a la dupla D + D, quienes continuaron maniobrando por la senda electrónica de subidas y bajadas. La fiesta ya se sostenía sola: los SMS a full con el dnd estas?, los vasos que chocan y el clima del pabellón que contradecía la gélida temperatura de la intemperie. He ahí la cuestión: bailar o congelarse. Por el frío o por el tiempo. Y los que optan por congelarse, se sabe, son unos nostálgicos.

Publicado originalmente en http://www.cordoba.net

El siguiente artículo se publicó el 1 de junio de 2007, en conmemoración de las cuatro décadas que cumplía el que tal vez sea el mejor disco de los Beatles.

La que sigue es una revisión inútil: todas las páginas que hoy se escriban acerca del Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band, a 40 años exactos de su edición, difícilmente logren abarcar la magnitud de semejante obra. Aquel primero de junio de 1967 salía a la venta un disco que ya desde su portada mostraba algo diferente: un collage en el que sobresalían cuatro personajes con más pinta de atorrantes que de músicos geniales. Sergeant Pepper taught the band to play y ya nada sería igual: ese álbum no sólo marcaría un eje en la música popular, sino en todo el arte posterior.

¿Qué misterios oculta esa obra? ¿Por qué se la califica como el mejor trabajo, no sólo de los Beatles, sino quizás de toda la historia del rock? ¿Cuáles son las razones de su vigencia? “En la parte musical, marcó un punto de inflexión en su carrera, y en toda la música que le siguió. Ellos estaban a la vanguardia en aquel momento y eso coincidió con que abandonaron las actuaciones en vivo y se dieron tiempo para experimentar en el estudio, lo cual produjo un tipo de música que hasta el momento no había existido”, sostiene el periodista Claudio Kleiman, de la revista Rolling Stone. “Trascienden el formato clásico del cuarteto de música pop y rock para transformarse en lo que fuera que la canción necesitara”.

Desde la apertura rockera de Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band, pasando por las imágenes alucinatorias en Lucy in the Sky with Diamonds y la melancolía de She’s leaving home hasta la orquestación in crescendo del cierre en A day in the life, The Beatles llevaba la canción pop a sus límites. “Tiene una paleta de sonidos que dudo que posea ningún otro disco en la música del siglo XX. Cuerdas, teclados psicodélicos, loops; incluso los distintos sonidos de guitarras o percusiones son riquísimos”, analiza Fernando Blanco, bajista y vocalista de Súper Ratones, quien también participa del proyecto beatle Nube 9.

“McCartney grabó todos los bajos después. En las tomas directas grababa algún piano o guitarra. Recién cuando estaba lista la cinta metía el bajo. Y esas pistas son de un nivel incomparable. El tipo se quedaba hasta las 4 de la mañana con el técnico metiendo los bajos”, aporta Blanco. Y es que Sgt Pepper… no sólo determinaría un rumbo en la composición musical. También marcó un camino a la hora de grabar discos, por los overdubs empleados, la grabación en ocho pistas, los instrumentos nada convencionales para el rock. Todo ello también forma parte del legado.

Un progreso conceptual
“Que lo parió…cuarenta años ya”, suelta Walter Piancioli (cantante y tecladista de Tipitos) cuando cae en la cuenta de las cuatro décadas que dividen la aparición del Sgt. Pepper… de nuestros días. Superado el trance nostálgico, el músico retoma el hilo de la conversación: “Es llamativo el uso de la instrumentación en ese trabajo. Los cambios de ritmo, el desarrollo de las canciones lo ubica en algo cercano a la música progresiva. De alguna manera, abrió ese campo –analiza–. Si bien continúan siendo canciones, porque ellos siempre fueron de tendencia melódica, el ‘vestido’ de la canción es más progresivo”.

El álbum posiblemente haya sido una de las primeras obra conceptuales dentro del rock, aunque Lennon renegaba un poco de esa idea (“Mis contribuciones, como Being For The Benefit Of Mr. Kite!, no tienen nada que ver con la idea del Sergeant Pepper, pero funciona y da esa apariencia de conexión”, decía John). Aun así, la sensación que producen los enlaces al pasar de una canción a otra da la idea de unidad. “Le dieron un concepto temático al disco, lo convirtieron en una historia. Hacer que los temas tuvieran interludios para unirlos con otros era, hasta ese momento, patrimonio de la música clásica”, explica Kleiman.

“Este disco es Picasso”
La tapa de Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band es una asombrosa obra pop que en su momento marcó el arribo del arte y la sofisticación a las ilustraciones de los discos. Observar a los Beatles uniformados como una colorida banda militar rodeados de personajes de toda la historia fue una verdadera revolución por aquellos días.

“La obra es sumamente importante en términos visuales. Hay un antes y un después en la discografías luego de ese trabajo: la plástica, el arte pop, incluso la posmodernidad, llegan al disco”, rememora el dibujante Rep, confeso admirador de los Fab Four. “Una de las características principales del arte de tapa es no haber puesto un título obvio. Hasta ese momento, siempre ponían ‘The Beatles’ y después el nombre del disco. Acá está incorporado al mismo collage: uno debe adivinar dónde están. Hay que leerlo en el bombo de la batería al título y el nombre del grupo está en las hojitas, en la planta esa que dice Beatles”, agrega.

El mensaje de la extravagante portada no se agota allí, por el contrario, son varias las lecturas que permite. “Está toda la cosa del arte pop, el mezclar personajes sin una continuidad histórica, como una especie de juego. Es como haber armado un grupo que se homenajea a sí mismo -sigue Rep-. Y sin embargo, fijate, se envían hacia el pasado. Porque se presentan como una banda de Corazones Solitarios, vestidos de una manera psicodélica y mandando a los Beatles ‘clásicos’ al pasado, esos que están mezclados, como estatuas de cera de Madame Tussaud, con todos los personajes de otras épocas. Es decir, se ríen de sí mismos, como diciendo ‘los Beatles forman parte del pasado, nosotros venimos a refundar este grupo’. Rompen con su tradición, con todo lo que los había llenado de fama, de gloria, que eran las cancioncitas de amor”.

La historia de esa tapa también incluye sus misterios, como la supresión de Hitler o Mahatma Ghandi, cuyas imágenes iban a ser parte de la portada, pero finalmente no aparecen en la edición final. “Lo de las diferentes personalidades plasmadas en el collage me parece una audacia total. Todos estos personajes como Karl Marx, Johnny Weissmueller, algunos escritores que uno desconocía quiénes eran… ¿Por qué estaba Burroughs junto a Marilyn Monroe?”, se pregunta Rep. “Para hacerlo, los Beatles buscaron a un artista plástico importantísimo como Peter Blake y un fotógrafo de avanzada. Es todo arte. Si yo hubiera sido un contemporáneo de los Beatles, este disco es Piccaso: soy un pintor realista y aparece el cubismo”, concluye.

Todo cambió luego de aquel 1º de junio. Algo detonó dentro de las mentes cuando sonó ese perpetuo acorde de piano al final de A day in the life. Corría 1967 y comenzaba el verano del amor, inaugurado por cuatro tipos inquietos que exudaban talento. Fernando Blanco se permite una reflexión final acerca del disco: “Lo más importante del Sgt. Pepper… es que actúa como un espejismo hacia donde uno podría ir: es lo más alto a lo que ha llegado el rock”.

Publicado originalmente en http://www.cordoba.net